Sueño, deseo y culpa (El sueño volado)

Los padres comieron uvas verdes, 
y los hijos tuvieron dentera.... 
(citado por Lacan en Escritos)

El epígrafe bíblico viene al caso por el uso que el portugués José Saramago hace de los sueños en su magnífica novela El Evangelio según Jesucristo. Arrogándose toda licencia poética concebible en su calidad de autor neo-neotestamentario, hace cargar a José con una tremenda pesadilla en la que le recuerda su culpa imborrable: él supo de los designios de Herodes el Grande de hacer matar a los niños menores de tres años y en ese momento corrió desesperado en busca de María y de Jesús, pero se abstuvo de avisar de lo que vendría a los padres de los inocentes y permitirles así, también a ellos, salvar a sus hijos. Por eso, después de la horrible matanza, ya no hay descanso para él y despierta entre gritos cada noche soñándose como un soldado que corre y que, a la pregunta “¿Dónde vas, José?” , contesta: “Voy a matar a mi hijo“.

En la misma novela cuenta Saramago que, a la muerte de José, la pesadilla se desplaza: es Jesús ahora quien se ve acosado por una pesadilla que continúa a la del padre. Se ve a sí mismo como un niño entre otros niños y siente aterrorizado los pasos de los soldados que vienen a matarlos a todos; entre ellos está su padre.

¿Se heredan los sueños? ¿Se heredan las culpas?, estas son las preguntas que llevarán a Jesús a interrogar a los doctos de la sinagoga.

¿Pero porqué recurrir a la novela y abordar el tema de los sueños por el sesgo de la ficción cuando se cumplen los cien años del sueño de la inyección dada a Irma, ese sueño, acontecimiento en lo imaginario, que de alguna manera inaugura la aventura psicoanalítica?

La elección es intencional: el sueño paradigmático en el que Freud analiza los mecanismos del trabajo del sueño y que le permiten afirmar que el sueño es una realización de deseos, es también, en esencia y al mismo tiempo, un sueño marcado por la culpa. Freud sueña para absolverse de los males que siguen aquejando a Irma. Esto es lo que se sabe, lo oficial. Pero hay otra culpa de Freud, la de usar el sueño de la inyección como un injerto que remplaza a otro sueño.

Sabemos por Max Schur, su médico y biógrafo, las circunstancias que aportaron los restos diurnos y la situación en que el sueño de Irma se produjo: en plena relación transferencial con Fliess, y a partir de su teoría que atribuía un papel importante a los cornetes nasales en la etiología de las neurosis, como efecto de un desplazamiento simbólico, Freud hace operar a su paciente Irma (Emma Eckstein, en la realidad) por Fliess. A continuación de la operación el malestar no cede sino que se acrecienta, descubriéndose después que Fliess había dejado olvidada una gasa en el acto quirúrgico en uno de los senos paranasales. El error del cirujano determina el comienzo del fin de la transferencia de Freud con Fliess, da pie al trazado de un nuevo camino: el psicoanalítico. ¿Quién carga con la culpa?. Freud, en el sueño, al desear negarla. Mas, ¿cuál culpa? La de Freud. . . la de Fliess. ¿Dónde termina el uno y dónde empieza el otro?

Quizá en la medida que el deseo es siempre transgresivo, porque necesita de la ley para existir, no puede haber deseo sin culpa, y esa misma culpa es el motor para todo lo que sigue impulsando a Freud. El deseo de la transgresión es el deseo como transgresión. El deseo nos hace culpables. Y la conciencia, Shakespeare, viene después.

Este otro, cuya culpa Freud necesita atenuar, ese otro a quien Freud le atribuye un saber, es también el Otro que nos ha privado a nosotros del único sueño que consideraba totalmente analizado, uno que debió suprimir obedeciendo a la demanda de su amigo. El sueño que Freud tenía destinado, elegido y analizado para servir de ejemplo a su teoría sobre los sueños era otro, no el de la inyección a Irma, el único sueño, ese otro, que Freud consideraba totalmente analizado. ¿Qué día fue soñado, cuál es el verdadero día del centenario del sueño fundante de la extraña planta que llamamos psicoanálisis?

A instancias de Fliess, que se preocupaba porque Freud podía estar revelando demasiado de sí mismo y de su relación con Marta, su esposa, Freud renuncia a la publicación de ese, su sueño princeps, el mejor, el mejor trabajado. En carta que Freud le escribe a Fliess el 9 de junio de 1898 leemos: “Entonces el sueño está condenado. Ahora que la sentencia ha sido formulada, quisiera sin embargo, derramar una lágrima y confesar que lo lamento, y que no tengo esperanzas de encontrar un sustituto mejor. . .”. En varias oportunidades volverá Freud a lamentar ésta perdida del sueño censurado, esta renuncia hecha en obediencia al veto pronunciado por su amigo, porque, como él mismo expresa, deberían perderse esos límites para que predomine y se realice el deseo, el deseo del sueño, el deseo de ser verdaderos. No se puede renunciar a la verdad sin pagar el precio. Nuestra es la pérdida, de Freud la culpa, por renunciar a su deseo, por privarnos de su sueño.

El sueño robado, que no pudo ser recuperado en la correspondencia que volvió a nosotros de las manos aventureras de una princesa, no es pues el sueño originario. Y eso por el deseo del Otro, del Otto, que es también la culpa del Otro. Pero quizá así debía ser porque siempre lo que tenemos a mano es un sustituto, un mal respresentante del original. Otra vez confirmamos que el origen es lo no originario y que sólo puede ser producto de una reconstrucción. De todos modos Freud quería que se conmemorase el sueño de la inyección a Irma, pero nosotros sabemos que conmemoramos en él la sustitución de un saber posible, el de ese sueño, que viene en el lugar de un saber para siempre perdido, el del sueño fundamental, fundante.

Eso legitima el lugar del sueño que hoy conmemoramos, el sueño de la inyección a Irma, y legitima también el recurrir a la ficción que aparece así como una de las formas elaboradas de la experiencia clínica.

Eso también nos lo enseña ese otro analista sin diván que fué Jorge Luis Borges: en el sorpresivo final de ese cuento maravilloso que equivale al mejor tratado sobre el Yo que se haya escrito y que lleva el nombre de Las ruinas circulares, cuando el protagonista “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo

Todos debemos ser soñados para advenir a la existencia. Somos el deseo del Otro que nos convoca a ser. Ese deseo que encarnamos conlleva la culpa que nos mueve y que no tiene otro origen que el del mito que da forma a la ley.

Es así que en el umbral del siglo que comienza, existe la incógnita sobre el lugar que en él le está reservado a la subjetividad, pero más allá de esos avatares podemos estar seguros que no desaparecerán el sueño, el deseo (y la culpa).

 

Frida Saal, julio de 1995

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