Ética Zapatista, Ética Psicoanalítica

Desde el título puede parecer sorprendente que se pongan en relación el psicoanálisis y un movimiento subversivo fechado históricamente. Antes que nada, deberemos caracterizar los rasgos propios del zapatismo. Todavía más sorprendente podrá parecer, en un segundo momento, que esta aproximación se proponga en el plano de la ética.

La convocatoria a esta reunión en Washington, en 1996, coincidió, para mí, con la aparición de un comunicado del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), dado a conocer el 1° de enero, conocido como Cuarta declaración de la selva lacandona. La reacción registrada en la prensa frente a ese comunicado fue variada y contradictoria a través de lo manifestado por distintos personajes de reconocida trayectoria en las luchas políticas mexicanas. Ellos oscilaban entre la sorpresa y el descreímiento y pasaban principalmente por el enojo y hasta la descalificación, lo que me condujo a interrogar las razones de tal rechazo y a tratar de dar inteligibilidad a las diferentes lecturas que se hacían del texto de los insurgentes tratando de utilizar herramientas conceptuales procedentes del psicoanálisis freudiano y lacaniano.

Para iniciar nuestra lectura de la lectura de los politólogos mexicanos debemos partir de un encuadre del EZLN y de los acontecimientos protagonizados por ese grupo hasta llegar, dos años después de su estruendosa aparición, a la Cuarta declaración de la selva lacandona. (1)

Chiapas es un estado del sudeste de México, en la frontera con Guatemala, que se integró tardíamente a la vida política de la República Mexicana. Coexisten en la región formas antiguas y actuales de marginación social: desde estados de semiesclavitud que subsisten de la época colonial, pasando por diversas formas de organización feudal de posesión de la tierra y explotación de los campesinos, hasta llegar a las nuevas formas de relaciones capitalistas ligadas a una incipiente industrialización, también presente en la región. En el plano de la vida cotidiana, y a modo de ejemplo anecdótico pero ilustrativo, se puede citar que, aun ahora, los indígenas deben bajar de las aceras para ceder el paso a los auténticos coletos, nombre con el que se conoce a los criollos terratenientes de la pequeña ciudad de San Cristóbal, descendientes de los colonizadores, que concentran la riqueza proveniente del trabajo casi gratuito de los indios.

Cabe aquí muy bien la caracterización que ofrece Willy Apollon en su excelente artículo Post-Colonialism and Psychoanalysis: The example of Haiti. (2) cuando señala que la historia del post-colonialismo se organizaría en dos tiempos: una primera etapa de colonialismo encarnado en un despotismo ilustrado caracterizado por regímenes autoritarios, cuando el colonizador extranjero encarna el dircurso del amo, y una segunda etapa

“donde el colapso de los regimenes autoritarios anuncia un movimiento general en favor de la democracia. De tal modo el postcolonialismo describiría la transición de un régimen colonial a un régimen de autonomía autóctona. Postularía que esta transición toma su lugar en el marco de un despotismo ilustrado. Es así como yo designaría el régimen caracterizado por el discurso del amo en tanto que el amo es el extranjero.” (3)

La transición al postcolonialismo no cambia fundamentalmente las condiciones existentes en el colonialismo. Dice Willy Apollon:

“El manejo de las colonias se ha tornado demasiado costoso para la economía del amo. Por lo tanto se vuelve necesario primero incitar, y luego estimular e incluso apoyar, a un naciente nacionalismo: a fin de asegurar que ciertas responsabilidades, con sus costos sociales y económicos sean asumidos por un grupo dominante entre los antiguos colonos… estos nuevos amos eran, necesariamente aliados de los antiguos amos .”(4) El término de postcolonialismo, no implica, tal como lo estamos presentando, la desaparición del colonialismo, sino más bien que éste persiste bajo nuevos rostros.

La descripción que Apollon hace para Haití en su artículo, corresponde también a la situación mexicana. En México la guerra por la independencia fue perdida por los criollos insurgentes en el campo de batalla, pero las condiciones ya no eran las mismas para la metrópoli española que decidió graciosamente otorgar esa independencia a sus súbditos transfiriendo el poder a los nuevos amos, representantes ahora de la nación, así fundada.

En México es necesario agregar otro capìtulo al del postcolonialismo, el capítulo de la revolución, donde resalta el nombre del líder agrarista Emiliano Zapata, que será bandera para el movimiento que hoy nos ocupa. Corresponde recordar que el lema de la Revolución Mexicana fue: “La tierra para quien la trabaja” y que desembocó paradojalmente en un partido del Estado, la Revolución se “institucionalizó” y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), surgido de la revolución, instauró su discurso como discurso hegemónico y casi monopólico, dueño de la verdad de la nación. En ese sentido, discurso del amo. La revolución campesina se hizo burguesa. Esta transición fué larga, tortuosa, sangrienta, y no puede ser resumida acá. Quedémonos así con la idea de un post-postcolonialismo, el de la “revolución” que triunfó un siglo después de la independencia formal que había llevado al postocolonialismo clásico, conocido en otras regiones del planeta.

Esta discontinuidad en los modos de integración económica, política y social, ha dado lugar en Chiapas a lo que Antonio García de León ha llamado poéticamente “el jaguar de la noche” (5) porque se combinan allí las partes claras, las de mayor penetración de las relaciones capitalistas, con las partes oscuras y profundas que vienen de un pasado inmemorial. Lo claro y lo oscuro de la metáfora del jaguar no permiten ignorar la sobredeterminación racial del símil propuesto.

El gobierno nacional, desde la ciudad de México, impulsó, tras la revolución, reformas que iban a contrapelo de los procesos regionales que reconocían otra dinámica. En los últimos tiempos el discurso oficial insistía en la integración supuestamente necesaria del país en el mercado global.

Es sobre este trasfondo que el 1º de enero de 1994, en el mismo momento en que el gobierno presentaba la bandera de la modernidad y se autocomplacía con las realizaciones macroeconómicas que ubicarían al país en la línea del progreso, permitiendo el abandono de su condición tercermundista, el día mismo de entrada en vigencia del TLC, el NAFTA, fue cuando surgió este movimiento armado irrumpiendo sorpresivamente en cuatro cabeceras municipales del estado de Chiapas. El retorno de lo reprimido era puesto en escena por un movimiento en el que predomina la influencia índigena y que reclama un espacio en la sociedad mexicana, denunciando el pasaje de casi cinco siglos de marginación y despojo.

La aparición el EZLN ponía de por sí en entredicho el modelo neoliberal que se pretendía único posible para el país entero y manifestaba sus fisuras así como la ilegitimidad que lo sustentaba. La (primera) declaración de la selva lacandona, fechada el 2 de enero de 1994 es una consigna: “Hoy decimos ¡basta!”. Se trataba de una declaración de guerra como medida última pero justa y llamaba al pueblo de México a participar, no en la lucha armada, sino apoyando un plan que exige: trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz Esta primera declaración de un grupo armado justifica sus métodos en el hecho de haber agotado todos los recursos legales para hacerse escuchar. Desde la posición freudiana en que nos colocamos, no puede pasar desapercibida esta primera reivindicación, la de generar un espacio donde la palabra circule. La primera demanda es la de hacerse escuchar.

Las reacciones frente a la repentina aparición del EZLN oscilaron desde la máxima simpatía por parte de los inconformes de siempre hasta las declaraciones de los popes de la cultura que la juzgaron como un brote extemporáneo y trasnochado de las guerrillas de los sesenta, sin olvidar a los ideólogos del régimen y de la empresa privada que clamaban por su inmediata exterminación. Otros la vieron como la primera guerrilla del nuevo milenio. De todas maneras algo original estaba pasando. El país ya no podría recomponerse sin tomar en cuenta esta nueva voz surgida desde las entrañas de la selva. Lo silenciado, como en el síntoma, se había hecho oir.

La primera reacción del gobierno ante esta presencia inaudita fue la descalificación: son infiltrados, revoltosos, antipatria, no son verdaderamente indios (por supuesto, éstos por tradición deberían ser sumisos y doblegados), etc., en consecuencia, la respuesta es el fuego de las armas. Se bombardearon poblaciones a las que se obligó a huir de sus hogares. Era la reacción lógica y esperable; sin embargo el gobierno no pudo persistir en ese camino.

Los días de la guerra, breve pero intensos, terminaron por la acción conjunta de diferentes factores. Por un lado, por la presión de la prensa internacional. Este país que estaba por ingresar al primer mundo no podía ofrecer la imagen de un ogro carnicero que asesinaba y devoraba a sus propios ciudadanos. La presencia de la prensa internacional y de la Cruz Roja Internacional, convocadas por el EZLN, impusieron límites a la arbitrariedad omnipotente del gobierno. Por otro lado, la movilización de la sociedad civil mexicana. Tal como lo expresó Antonio García de León:

“.. en la medida en que proliferaban los comunicados rebeldes, nos fuimos percatando que la revuelta en realidad venía del fondo de nosotros mismos, que cubría todo nuestro territorio social, y que mientras creíamos al indio pagando las culpas del progreso necesario, (subrayado nuestro) al margen hasta ahora de los supuestos beneficios regados a manos llenas por el Estado benefactor o por la nueva política del ‘liberalismo social’, en realidad lo que llevaba a cuestas eran nuestras propias dolencias, los crimenes de una sociedad entera carente de democracia y justicia. Es por eso que el llamado de la selva caló tan hondo en el corazón de los mexicanos de todas las latitudes .Es por eso que el rostro oculto apareció para nosotros como un espejo, en donde podríamos contemplar nuestro propio rostro aprisionado” (6).

Tenemos pues un ejército rebelde que busca no la guerra sino la paz y que proclama que su recurso a las armas es una solución desesperada frente a la sordera oficial. No deja de llamar la atención que entre las armas de este ejército peculiar puedan figurar fusiles de palo. Es un ejército que desde el comienzo sabe que en el campo de las armas no tiene ninguna posibilidad, ni de subsistir ni de ganar, por lo que su apuesta debe plantearse en el terreno político. La interconexión de la guerra y la política es en este caso muy clara.

Por el lado oficial, frente a la acción de los factores mencionados, hubo un cambio forzado del rumbo. Pese a disponer de un ejército moderno y con el aparato legal del Estado, esto es, el monopolio de la violencia, el gobierno se vio obligado a reconocer que el movimiento representaba demandas legítimas de los olvidados de siempre, y hasta ofreció, “generosamente”, el perdón a los alzados. La presencia indígena, que sólo existía para el elogio vacuo en los libros de textos o como objeto de monografías antropológicas comenzaba a manifestarse como una presencia real.

El ofrecimiento oficial de perdón recibió la respuesta merecida: ¿De qué nos van a perdonar? Si tal es el título del comunicado del EZLN del 21 de enero de 1994, su contenido no es menos claro:

“¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre?¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono?¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas?¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos?…”(7)

La historia es demasiado larga para reseñarla paso a paso y no es esa la meta de este trabajo, tan sólo queremos señalar algunos hechos insólitos y puntuar ciertos momentos claves.

Un aspecto relevante de este alzamiento consistió en el uso eficiente e innovador de los medios de información de masas como arma bélica. Comunicados, cartas y declaraciones inundaron literalmente a la prensa oral, escrita y visual sin excluir la gracia del Internet. El EZLN es la primera ciberguerrilla en la historia de la humanidad. Esta difusión no se limitaba a lo nacional: grupos de apoyo fueron creados en muchas partes del mundo y mantienen siempre viva la atención sobre lo que pasa en Chiapas; los medios, tradicionalmente vinculados a la represión, se convirtieron en el salvoconducto necesario para su subsistencia.

Su vocero oficial, el muy conocido sub-comandante Marcos, conocedor profesional de las ciencias de la Información, inaugura un lenguaje nuevo en el mundo de la política, con recursos a la poesía, con citas literarias, con el uso efectivo de un lenguaje, que traducido directamente de las lenguas indígenas produce un efecto retórico que connota lo ancestral a tiempo que denota la política actual. Espartaco, Tupac Amaru y Guevara de la mano de Eco y Mac Luhan.

Con este arsenal insólito y luego de una ley de amnistía se abrió el momento del diálogo entre el gobierno y los guerrilleros. El gobierno debió reconocerlos como interlocutores válidos para asistir al diálogo y nombró para ello un comisionado especial para la paz digna en Chiapas. Hubo que crear una nueva figura legal especíificamente para dar respuesta a esta situación atípica. Podrá parecer folklórico o cosa del surrealismo mexicano, pero el lugar de las pláticas del EZLN y el representante del gobierno era la catedral de San Cristóbal de las Casas, lugar central de la rebelión chiapaneca. Hay también algo nuevo aquí: acuerdos, cesiones, distribución y compra de cuotas de poder han existido desde siempre, sólo que se realizan como acuerdos secretos de las cúpulas partidarias, sin que la población sepa a ciencia cierta cuáles eran los términos y cuál el costo que cada uno pagaba en esa negociación de la democracia. Las conversaciones esta vez fueron públicas, y los representantes del EZLN, recababan de modo también público el consenso de los pueblos indígenas a los que representaban en la Catedral para asumir sus posturas.

Estas conversaciones desembocaron en un empantanamiento por la falta de acuerdos más allá de la buena voluntad expresada por los intermediarios. Por otro lado, el ambiente general del país se vio en ese año de 1994 ensombrecido por la irrupción de los crímenes políticos que ponían de manifiesto el estado de descomposición del partido gobernante, indistinguible del Estado. Murieron asesinados sucesivamente el candidato a la presidencia por el PRI, Luis Donaldo Colosio, y el secretario general del PRI, el Lic. Ruiz Massieu. Las investigaciones de tales crímenes mostraban la corrupción imperante a la vez que llegaba a impasses porque no se podía ascender hasta el nivel de los verdaderos responsables. Por supuesto que a los asesinatos de las víctimas elegidas seguía una cauda de crímenes que se realizaban en las personas de los que sabían cómo se habían decidido los primeros.

Después del fracaso de esta primera etapa del diálogo, el EZLN realizó un movimiento de cambio de interlocutor, y tras construir a ritmo febril, un anfiteatro digno de Fitzcarraldo, con la forma de un barco en medio de la selva, citó en ese lugar, Aguascalientes, a una Convención Nacional Democrática (CND).

Nos encontramos así con otra situación paradojal, una institución armada hace un llamado pacífico a la sociedad civil para que, renovando el ejercicio político, asuma las banderas de la democracia. Y la sociedad civil respondió al llamado de la selva: intelectuales de izquierda, representantes de partidos políticos, Organizaciones no Gubernamentales (ONG), que se multiplicaron desde entonces, participantes independientes, se dieron cita en Aguascalientes en una convención que congregó a más de 6 mil personas.

Al convocar a la CND el EZLN la constituyó como Otro y la comprometió en una lucha por la democracia en la que no pretende tomar el lugar de amo. Los zapatistas participaban en éste encuentro como uno más, ¿como más uno?, sin alegar privilegios sobre la verdad y subrayando en todo momento la posibilidad de coexistencia en medio de las diferencias.

Se abrían asi espacios diferenciados: del lado oficial la aparición de signos de corrupción, que si bien eran conocidos desde siempre jamás habían alcanzado los niveles de descomposición que ahora se ponían en evidencia, del otro lado un llamado a recrear la savia de la participación política donde ya todo, tras setenta años de monopolio partidista del poder, parecía inútil y eso bajo el lema: “Para todos, todo. Para nosotros, nada.”

En este cambio de interlocutor, en la creación de un nuevo Otro, el EZLN apuntaba hacia su propia destitución, reconocía a la CND como representante del pueblo de México en su tránsito a la democracia. Sin deponer las armas los zapatistas trataban de garantizar el cumplimiento de la voluntad popular. Se proclamaban a sí mismos como profesionales de la esperanza. Al decir de George Steiner, la caída del bloque socialista había abierto, en este final de siglo, un hoyo negro en la historia de la esperanza ¿quedaría aún algún lugar para ella?

Psicoanalíticamente no debemos olvidar que la esperanza, al igual que la ilusión es una creencia movida por un deseo.Podemos renunciar a su investidura imaginaria con su lastre ideológico, pero no podemos descuidar el poder que juega allí el deseo con su estructura fantasmática.

La dirección de la cura en el proceso analíitico apunta a la destitución del analista del lugar del sujeto supuesto saber, S.s.S., abriendo el espacio al juego de posibilidades del deseo en que el analizando quiera comprometerse. Pero pocas veces, si alguna, es su propia destitución el objetivo de un grupo armado. Más novedoso todavía resulta que un ejército rebelde no se plantee la toma del poder.

En esta apretada síntesis corremos el riesgo de una presentación esquemática y maniquea. La historia del colonialismo es sangrienta y genocida, pero hay que decir que no llegaron los conquistadores a ningún paraíso rousseauniano. Fué justamente el estado de guerra entre las distintas tribus lo que hizo posible y abrió el camino a la conquista. México, el país que hoy conocemos con tal nombre y que no existía antes de la llegada de los españoles, es el resultado de ese encuentro que fue un choque entre dos mundos. La historia es el resultado siempre de compromisos y mezclas, mestizajes, que no nos permiten alegar un origen puro encarnado en la sola presencia indígena. Entre el escarnio y la idealización de que pueden ser objeto los indios, se constituye una oposición bipolar que muestra dos modos del mismo desconocimiento. Pensar la existencia de un discurso pleno, sin represión, nos llevaría a una postura fundamentalista, como las que proliferan actualmente aunque este fundamentalismo tenga el signo contrario al de las religiones con pretensiones absolutistas. Sabemos, en tanto que psicoanalistas, que la represión es constitutiva del discurso y eso vale también en lo social. Toda historización tiene los caracteres de la elaboración secundaria, que es también parte del sueño y de la historia. Es el intento de dar coherencia a un pasado lleno de elementos aleatorios que, en tanto que pasado, es sin retorno.

Por nuestra parte sólo estamos señalando las direcciones tendenciales en que se presentaron los hechos. La división y las contradicciones mostraban la compleja realidad de los distintos contendientes y hay que reconocer que las voces que abogan por la democracia no son homogéneas ni beatíficas. La primera reunión del CND terminó en medio de un temporal nada metafórico que hizo conocer a los invitados algunos de los colores de la inclemencia de la selva. Si la tempestad puso fin a la primera reunión de CND las disonancias hacían correr el riesgo de naufragio de su continuidad.

En el interín, particularmente en 1995, alternaban momentos de máximo hostigamiento por parte del ejército y del gobierno con momentos de distensión. El tira y afloje con trasfondo militar es ya un juego político.

Es en el seno de este torbellino que tuvo la virtud de volver a despertar la posibilidad de actividad política, que el EZLN presentó la propuesta de creación de un Movimiento Para la Liberación Nacional. El objetivo manifiesto es: “Unirnos sin hacer desaparecer nuestras diferencias… Unirnos sin subordinarnos unos a otros. Unirnos sin dejar de existir.”(8)

La historia de las naciones está plagada de ejemplos de coaliciones estratégicas formadas en determinados momentos de los enfrentamientos políticos. Sin embargo esta propuesta planteaba desde ya lo que seria el núcleo de la Cuarta declaración de la selva lacandona y lo que la habría de diferenciar de los otros frentes:

“La CND no busca el poder, la CND llegará a ser no una instancia que busque llegar al gobierno o mantenerse en él, sino el lugar donde los sin partido (subrayado nuestro) se organizan para exigir al poder, cualquiera que éste sea, el cumplimiento de las demandas que unen la apiración histórica de los mexicanos: democracia, libertad, justicia.” (9)

El EZLN organizó entonces una consulta nacional, solicitando a la población la opinión acerca de la conveniencia que el EZLN se transformase en un movimiento político, independiente o unido a otros grupos políticos ya existentes.

Discutible en su realización, y en su confección, no cabe menos que reconocer en esta consulta nacional la originalidad del movimiento, que iba generando propuestas insólitas, verdaderos inventos en momentos aparentemente sin salida. Sus esfuerzos tenían que considerar los varios frentes: el militar y también el político, donde no sólo debe lidiar con el gobierno sino también con todos aquellos que intentan cooptarlos o capitalizar en beneficio propio los esfuerzos del EZLN. Lo que pueden mostrar como una presencia sin claudicaciones es el desinterés personal y la entrega a los intereses de la causa que representan. En un ambiente donde la corrupción es norma, esta carta no es de poca significación.

Luego de la consulta nacional, el 1º de enero de 1996, al celebrar el segundo aniversario del levantamiento del EZLN, se da a conocer la Cuarta declaración de la selva lacandona. Se trata, más allá de las generalidades respecto a la democracia y a la justicia, de un llamado a la constitución de una nueva fuerza política: el Frente Zapatista para la Liberación Nacional (FZLN).

El rasgo de originalidad y al mismo tiempo el motivo de escozor en la constitución de este frente radica en la siguiente declaración: “… una fuerza política cuyos integrantes no desempeñen ni aspiren a desempeñar cargos de elección popular o puestos gubernamentales en cualquiera de sus niveles. Una fuerza políitica que no aspire a la toma del poder (itálicas nuestras). Una fuerza política que no sea un partido político.” (10)

Decíamos al comienzo que mucha tinta corrió tras esta declaración, fundamentalmente por el hecho de, vista la reacción, abrir una pregunta ¿por qué no aspirar a la toma del poder puede resultar tan irritante? Es como si todos se hubieran sentido cuestionados. En primer lugar los partidos políticos de oposición. ¿Cuál había sido el papel de estos partidos y que grado de connivencia habían mantenido con el partido oficial? Esta declaración del zapatismo ¿era un llamado o una condena? ¿Se presentaban a ellos mismos con el aura de un desinterés sacrificial fascinante pero inoperante, frente al cual todas las prácticas anteriores quedarían marcadas como impuras? No podemos contestar, pero tal vez tengamos el derecho y hasta la obligación de intentar una respuesta. Hay una mezcla de ambas, de llamado y de condena, hay un señalamiento de que no se puede seguir por el mismo camino tantas veces transitado y que hay que inventar, si tal cosa fuese posible, otro camino. Es evidente que no se puede plantear que todos los partidos son corruptos o que la política lo es y, al mismo tiempo, empeñarse por renovar esa actividad como posible. El EZLN persistía en ello y llamaba a otros para que también lo hicieran. Tal vez generaba o aprovechaba así una ilusión de que los sin partido ofrecerían una mejor garantía de desinterés.

Hasta aquí la reseña de los acontecimientos históricos por lo que hemos hablado en tiempo pasado y más de política que de psicoanálisis. Quizá lo específico de la posición analítica es, más que hablar, poder escuchar matices nuevos en los planteos que abran el camino para cambios de posición en las relaciones discursivas.

Nuestra intención es la de poner en relación dos modalidades discursivas que presentan puntos de contacto de parentesco y también de diferencia radical. No podemos pensar que hay continuidad entre el discurso psicoanalítico y el discurso político, sin recaer en viejas ilusiones. Pero tal vez las categorías analíticas puedan ayudarnos a detectar lo que hay de nuevo en los planteos zapatistas que acabamos de describir.

La situación analítica se presenta como un espacio donde el sufriente se dirige al S.s.S., al Otro de la transferencia, en busca de una respuesta. Esta posibilidad es factible a partir de la existencia del psicoanálisis como espacio creado por la práctica psicoanalítica, fundamentalmente por la presencia de un analista que, si lo es, no usará jamás del poder derivado de su lugar en la queja del paciente.

En el campo de una política nacional, mexicana u otra, la situación es mucho más compleja. El Estado, en el lugar del Otro, utiliza el poder con los únicos límites que él mismo se impone. Desconoce e ignora lo que reprime y así le niega la existencia. En un Estado más o menos próximo al ideal democrático, la división de los poderes funciona como elemento de equilibrio, poniendo así cierto límite al goce del poder. La existencia constitucional de esta regulación recíproca adolece en México de un defecto fundamental, la tradicional subordinación de dos de los poderes, el legislativo y el judicial, a la hegemonía absoluta del Ejecutivo. Es así que los límites al goce del poder se desvanecen.

Cuando el EZLN entra en escena lo primero que hace es forzar al gobierno a reconocer su existencia. con lo que pone en evidencia las fallas en el Otro, porque descubre lo escindido, lo escondido que era requisito para poder mostrar una fachada totalizante. Ni todo México ni todos los mexicanos estaban en las puertas del primer mundo, lo excluído reaparecía desde adentro y mostraba las heridas con que se pagaba esa ilusión.

En cierta medida el EZLN crea con su gesto inaugural un lugar, un espacio, donde la palabra puede circular y hacerse escuchar. “No los veo ni los oigo” había sido la tradicional y orgullosa respuesta del gobierno frente a los reclamos de la oposición. Con su presencia armada y el reconocimiento oficial éste ejército poco convencional no sólo ofrece un espacio al diálogo, sino que aparece de entrada como una denuncia de la tachadura en el A, en el Otro, en la Ley. Si el EZLN se presentase como salvador y como dueño de las respuestas para solventar las carencias ancestrales de los indios chiapanecos y de la sociedad mexicana en su conjunto nos encontraríamos ante un nuevo disfraz del poder, una apariencia gatopardista del cambio que encarnaría, con otro rostro, el lugar del amo. Al rechazar esta alternativa que fue, tradicionalmente, la de la izquierda en Latinoamérica, el EZLN se ubica más bien en una posición de neutralidad, que no de pasividad, como objeto causa del deseo. Al no ofrecer soluciones y decir qué se debe hacer, al dedicarse a escuchar lo que la sociedad civil (entidad constituída a partir de la apelación que la convoca) tiene para decir y proponer, la confronta con su responsabilidad en lo que viene sucediendo y le adjudica una función como posible sujeto de un trabajo político. No programa, no ofrece un programa para el ejercicio del poder como siempre lo han hecho las fuerzas políticas, no lanza la sempiterna consigna de ¡Sígannos, los haremos felices!

En el dispositivo freudiano la transferencia es el motor y la fuerza que sustenta el poder del analista en la dirección de la cura, pero hay para el analista una exigencia ética que es la de no hacer uso de ese poder en su beneficio propio. Él debe saber que la condición esencial para que ese poder funcione es que no se lo use sino como palanca para la prosecución de la cura, allí “donde la palabra tiene todos los poderes” (11) Es el presupuesto de la ética del psicoanálisis como envers, como envés y revés del discurso del amo. Así, el analista pone limite al goce, al suyo propio en primer lugar, y abre el camino para la revelación y para la acción del deseo inconsciente.

Los zapatistas son también objeto de transferencia, y no se proponen la toma del poder. Comencemos por decir que tampoco podrían alcanzarlo en las actuales circunstancias históricas. De alguna manera se autoproponen como los guardianes éticos de una política que pueda conducir a una democracia centrada en la participación ciudadana con todas las imperfecciones de tal modelo y que nadie ignora. ¿De donde procede esta autonominación para ocupar ese lugar? Se corre el riesgo de crear o reforzar la ilusión de que surgieron nuevos iluminados Y la historia no es avara en mostrar las nefastas consecuencias que pueden generar los puros: desde los jacobinos de todas las revoluciones, las juventudes fascistas, los guardias rojos maoístas y hasta los comités de vigilancia de la revolución cubana. Hay con todo un rasgo diferencial entre la propuesta zapatista y los ejemplos anteriores que es necesario subrayar. Aquellos organismos purificadores eran alentados, manejados y respaldados por la estructura misma del poder. No es el caso que ahora abordamos.

Es lícito dudar si lo planteado hasta aquí tiene algún valor que no sea el de una mera analogía. Porque debemos también diferenciar campos y discursos.

En el campo del psicoanálisis se trata de poner límites al goce para abrir las posibilidades de expresión del deseo, sin tratar de apropiarse u orientar ese deseo. El atravesamiento de la castración es la condición para ese objetivo que no puede alcanzarse sin la destitución del analista de su lugar de S.s.S.

En el campo político hay que poner también un límite al goce del poder, pero justamente en la medida que ese goce ilimitado es la pretensión del discurso del Amo que ignora su propia castración, que habla y actúa desde la impostura fálica. La lucha política gira necesariamente en torno a la toma del poder, ¿está condenada pues a remplazar a un amo por otro? La democracia, que no es la simple alternancia de diferentes partidos en el poder, ¿será también una ilusión? Coexistir en las diferencias sin subordinación de los unos a los otros, tal vez sigue siendo un objetivo por el que vale la pena definirse y arriesgar, ¿arriesgar qué?. Seguramente no la castración, ante cuya angustia cede el neurótico sin saber que esa castración ya la sufrió de entrada. (12)

Decíamos en el comienzo que la función del psicoanalista pasa por la escucha, y sobre todo por poder escuchar las diferencias Hay aquí elementos viejos y nuevos, su configuración es otra. ¿Podrá aparecer un nuevo discurso? ¿Podrá el psicoanálisis, rechazando todo mesianismo, aportar algo para la lucha cotidiana, universal, incesante, por la justicia social?

Es evidente que estamos planteando expectativas que nos conciernen, entre la esperanza y la lucidez que a veces ha sido denominada pesimismo, es necesario reconocer que la pulsión de muerte trabaja siempre, y que la vida la incluye. Por ello es que, sin falsas promesas de paraisos inexistentes, lo que es válido es seguir buscando, sabiendo que no tiene aquí el psicoanálisis ninguna posición rectora. Lo que nos mueve es la pulsión, que al decir de Freud “…acicatea indomeñada, siempre hacia adelante, sin perspectiva de clausurar la marcha, ni de alcanzar la meta”.(13)

México, octubre de 1996

Ponencia presentada por la autora en traducción al inglés en la First Annual Conference of the Association for the Psychoanalysis of Culture and Society en Washington D.C., noviembre de 1996.

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